Un estudiante universitario sin recursos limpió la casa de una anciana durante meses sin cobrar nunca… Tras su muerte, abrió una carta y descubrió por qué ella había confiado en él

cerca del centro.

La paga era de 200 pesos por visita.

No parecía mucho.

Pero para mí significaba poder comprar comida durante varios días, pagar el transporte y, quizá, guardar algo para los gastos de la universidad.

Así que llamé.

La mujer se llamaba Carmen.

La primera vez que abrió la puerta, me pareció mucho más frágil de lo que había imaginado.

Era pequeña, tenía el cabello completamente blanco y caminaba apoyándose en un bastón.

—¿Eres Diego? —preguntó.

—Sí, señora.

—Puedes llamarme Carmen.

Su casa era vieja y modesta.

Había