por política interna y de que sus resultados fueran evaluados justamente.
El problema fue que Diego comenzó a interpretar cada éxito como prueba de que era superior a los demás.
Cambió su coche.
Luego el reloj.
Después los amigos.
Y finalmente cambió la forma de mirarme.
Una semana después de nuestra separación publicó fotografías con Fernanda, hija de un empresario local. Elegante, sociable y acostumbrada a eventos de negocios.
En una cena de la empresa alguien le preguntó por mí.
Diego respondió frente a varios gerentes:
—No éramos compatibles. Yo