un autobús.
Llegué a Puebla el lunes poco después de las ocho.
A las nueve menos cinco entré al banco, agotada, con la ropa arrugada y el corazón desbocado.
Cuando expliqué quién era, la ejecutiva abrió el expediente de la empresa.
Su expresión cambió.
—Señora Mariana, tenemos un problema muy grave.
—¿Qué problema?
Giró la pantalla hacia mí.
La solicitud de modificación de autorizados aparecía confirmada con un código enviado a mi celular.
Y debajo estaba programada una transferencia de doce millones de pesos.
—El señor Sergio pidió que se