de voluntad pura e inquebrantable.
No vendí la casa. En cambio, canalicé todo mi dolor en el Proyecto Casa Miller. Margaret se convirtió en mi apoyo legal, guiándome a través del laberinto de regulaciones para organizaciones sin fines de lucro y leyes de zonificación. Dejé mi trabajo en la panadería y contraté a un equipo de constructores para remodelar el ala este, transformando las polvorientas habitaciones de huéspedes en tres luminosos y modernos apartamentos tipo estudio.
Fue agotador. Hubo noches en que me desplomaba en el viejo sillón del abuelo,