y luego su enorme figura. «No creo que esta silla me aguante, señora».
“No es para el sofá.”
Se sentó con cuidado en el borde. Aun sentado, me superaba en estatura. Sus manos descansaban sobre sus rodillas, cada dedo como un pequeño garrote, cubierto de cicatrices y callos.
¿Me tienes miedo, señorita?
“¿Debería?”
“No, señora. Jamás le haría daño. Se lo juro.”
“Te llaman bruto.”
Se estremeció. “Sí, señora. Por mi tamaño. Porque doy miedo. Pero no soy agresivo. Nunca he lastimado a nadie. No a propósito.”
“Pero podrías si