él volvía a la herrería y yo me encargaba de las facturas de la casa. Por la tarde, regresaba y pasábamos tiempo juntos.
A veces lo observaba trabajar, fascinada por cómo transformaba el hierro en objetos útiles. Otras veces me leía, y su comprensión lectora mejoró notablemente gracias al acceso a la biblioteca de mi padre y a mis clases particulares. Por las noches, hablábamos de todo: su infancia en otra plantación, su madre, que fue vendida cuando él tenía diez años, sus sueños de libertad que parecían inalcanzables.
Y