vez que venía, decía lo mismo: ‘Mi esposa ha dedicado toda su vida a cuidar de todos nosotros. Ahora me toca a mí’”.
Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas.
Pero una pregunta seguía inquietándome.
“Entonces, ¿por qué me lo ocultó todo?”
La mujer metió la mano en la carpeta y sacó un sobre.
“Lo dejó aquí. Nos dijo que si su esposa alguna vez venía a preguntar por los desayunos que preparaba, se lo diéramos.”
En el sobre estaban escritas las palabras:
“A mi María.”
Con manos temblorosas,