que escribió aquella noche.
Me quedé mirando aquellos documentos.
Durante treinta y dos años, mi madre se había culpado a sí misma.
Ella y Daniel habían discutido aquella tarde.
Él salió furioso de casa después de gritar que nadie lo comprendía.
Aquellas fueron las últimas palabras que mi madre escuchó de su hijo.
Cada aniversario de su muerte, repetía entre susurros la misma frase terrible:
—Si no lo hubiera hecho enfadar, todavía estaría vivo.
Ahora existía la posibilidad de que otra persona hubiera causado el accidente.
Y mi padre llevaba