sin dudarlo:
—Alguien de la oficina.
Pronto, sus reuniones de trabajo empezaron a prolongarse hasta altas horas de la noche.
A veces regresaba a casa oliendo a una colonia cara que yo no le había comprado.
Otras veces, sus camisas desprendían un leve aroma a un perfume que no reconocía.
Una vez le pregunté por ello.
Frunció el ceño.
—¿En serio vas a empezar a interrogarme por mi ropa?
Me disculpé.
Eso era lo que más me dolía.
Incluso cuando algo me parecía sospechoso, siempre terminaba siendo yo quien pedía