voz se suavizó.
—Nunca debes tener que serlo.
Me quedé callada.
Entonces añadió:
—No te estoy pidiendo que volvamos. Solo quisiera tener la oportunidad de hablar contigo sin esconderme detrás de diez palabras.
Una sonrisa involuntaria apareció en mis labios.
—Eso último sería una novedad.
Lo escuché reír al otro lado.
Una risa baja, auténtica.
Recordé todas las veces que habría dado cualquier cosa por escuchar aquel sonido.
—Sabes qué es lo más extraño? —pregunté.
—¿Qué?
—Cuando estábamos casados, pensaba que era el hombre más aburrido del mundo.
—Lo sospechaba.