fechas tienen esa crueldad: no desaparecen porque uno deje de esperarlas.
Aquella mañana me desperté en el apartamento nuevo al que me había mudado.
Era pequeño.
La luz de la cocina parpadeaba.
Todavía tenía cajas sin abrir y una mesa prestada por Sophie.
Pero era mío.
Mi teléfono estaba lleno de mensajes de amigos.
Algunos me proponían salir.
Otros me preguntaban cómo me encontraba.
No respondí enseguida.
Preparé café, abrí las ventanas y miré el cielo.
Hacía un día precioso.
Exactamente el tipo de día que había deseado para mi