al borde del patio donde estábamos sentadas Rachel y yo.
Por un instante, se quedó allí parada.
Era más joven de lo que me había parecido en la foto. Quizás cuarenta y dos o cuarenta y tres años. El rímel se le había corrido y secado dejando finas líneas grises en sus mejillas.
—No lo sabía —dijo ella.
Le creí. No sé por qué. Quizás porque reconocí la expresión de su rostro. La expresión de una mujer que acababa de darse cuenta de que el hombre con el que se