acceso de la casa. Revisé movimientos, fechas, retiros, publicaciones en redes, fines de semana que Ricardo había pasado ahí mintiendo sobre gastos y estadías. Todo quedó registrado.
A la mañana siguiente me llamó furioso desde la entrada de la casa del lago.
—Valeria, abre el portón. No funciona el código.
—Sí funciona —le respondí, sirviéndome café—. Solo que ya no es para ti.
Hubo un silencio espeso.
—¿Estás enferma? ¿Todo esto por lo de anoche?
—No. Todo esto por treinta años de soportarte.
Luego vino la cena familiar. Mi madre