lado.
Ya no había más facturas de las hermanas de Radu sobre la mesa.
Ni tarjetas de crédito adicionales.
Ni listas de cuotas ajenas.
Solo nuestro café, el *cozonac* y el recibo de 469 lei que había guardado en mi expediente de divorcio.
La cuenta estaba pagada.
Mi madre ya no le debía nada a nadie.
Y, por fin, yo tampoco.