familia cuando lo necesitaban.
Pero el domingo pasado vino a visitarme con una expresión extraña en el rostro.
—Papá, tenemos que hablar de tu herencia.
Me reí.
—Hijo, todavía estoy vivo.
Él no sonrió.
—Tienes setenta y ocho años. Ya es hora de que pongas todo a mi nombre.
Me negué.
Fue entonces cuando su expresión cambió por completo.
—Si no me dejas toda tu fortuna, te meteré en una residencia de ancianos y me aseguraré de que nunca vuelvas a ver a tus nietos.
Sentí como si alguien me