luces. Lucía, con 23 años, todavía llevaba la toga azul oscuro. Había imaginado aquel día durante años. No porque esperara una fiesta lujosa, sino porque deseaba algo mucho más pequeño: que sus padres la miraran, por una vez, como si también estuvieran orgullosos de ella.
Desde niña, ese lugar había pertenecido a Clara, su hermana mayor.
Clara había sido la brillante, la disciplinada, la que ganaba concursos de ciencias y recibía aplausos en cada comida familiar. Lucía era “la creativa”, una etiqueta que en boca de su madre sonaba casi