En mi graduación, mientras todos brindaban por mi hermana, oí a mi padre reírse: «A ver si ahora encuentra algo que se le dé de verdad bien». Yo seguía con la toga puesta mientras la sala aplaudía. No lloré: salí y compré un billete de ida a Barcelona. Años después, mi hermana apareció con un historial médico: los 15.000 € jamás fueron para su operación.

luces. Lucía, con 23 años, todavía llevaba la toga azul oscuro. Había imaginado aquel día durante años. No porque esperara una fiesta lujosa, sino porque deseaba algo mucho más pequeño: que sus padres la miraran, por una vez, como si también estuvieran orgullosos de ella.

Desde niña, ese lugar había pertenecido a Clara, su hermana mayor.

Clara había sido la brillante, la disciplinada, la que ganaba concursos de ciencias y recibía aplausos en cada comida familiar. Lucía era “la creativa”, una etiqueta que en boca de su madre sonaba casi