día en que dejó de competir por un amor que siempre había venido con condiciones.
Y desde entonces, cada vez que alguien le preguntaba cuál había sido su mayor éxito, Lucía nunca hablaba de su empresa.
Pensaba en una mesa de restaurante, en su hermana sentada enfrente y en un diploma que ya no necesitaba demostrar nada.
Después sonreía.
Porque sus padres habían querido enseñarle que nunca sería suficiente.
Y al final, lo único que consiguieron fue enseñarle exactamente de quién no necesitaba volver a depender.