rostro de Margaret.
No fue suficiente para llamarlo comprensión.
Pero fue la primera grieta.
Su hija había venido a buscar cosas.
No a llevársela a cenar.
Dos días después, Margaret llamó a Melissa.
Yo estaba leyendo en el salón.
No podía escuchar la respuesta, pero sí la parte de mi suegra.
—Nena, hoy tu padre tiene ganas de comer pescado.
Pausa.
—No, aquí no tenemos.
Otra pausa.
—Pensaba que quizá podíamos ir a tu casa.
Silencio.
La sonrisa desapareció.
—Sí, entiendo.
Más silencio.
—No, no pasa nada.
Colgó.
George preguntó: