agarró del brazo.
—Anna, no uses esa palabra.
Retiré el brazo.
—¿Cuál?
—Robar.
—Tomó dinero sin preguntar y lo entregó a otra persona.
—Es mamá.
—¿La definición cambia?
—Solo fueron mil quinientos.
Sonreí.
—Perfecto.
—¿Qué?
—Devuélvemelos.
—Anna.
—Si «solo» son mil quinientos, puedes devolverlos ahora.
No respondió.
—Eso pensaba.
Margaret comenzó a llorar.
—Sabía que nunca me quisiste aquí.
No sentí culpa.
Quizá porque ya conocía aquella táctica.
—Quererla aquí no significa darle permiso para abrir mis cajones.
—No sabía que ibas a hacer un drama.
—No sabía que necesitaba