descansaban libros infantiles gastados. En la pared colgaban dibujos de árboles, soles y animales.
En una esquina vio una fotografía de Elora en el hospital, sosteniendo a tres bebés diminutos.
Parecía agotada.
Pero sonreía.
Caleb tocó suavemente el marco.
—Perdóname —susurró.
No sabía si hablaba con ella, con los niños o con el hombre que había sido.
La señora Harper llegó minutos después y se quedó con él.
Mientras los pequeños dormían, le contó cosas que nadie en Nueva York habría sabido.
Que Elora había pasado semanas enteras comiendo sopa