ella.
Pero Caleb insistió.
—Elora, ¿cuánto?
—Ciento ochenta y seis mil dólares, contando los intereses y las penalizaciones.
Caleb soltó el aire.
Para un hombre cuya empresa había sido valorada en más de cuarenta millones, aquella cantidad parecía insignificante.
—Entonces no hay ningún problema. Lo pagaré.
Elora soltó una risa breve, sin alegría.
—Claro. Para ti todo tiene un precio.
—No estoy diciendo eso.
—Acabas de llegar después de dos años y lo primero que haces es intentar comprar la solución.
—¿Preferirías perder la casa?
—Preferiría que entendieras cómo hemos