de responder:
—Puedes intentarlo aquí, en el porche.
Caleb tomó la muñeca.
Había diseñado máquinas capaces de sembrar cientos de hectáreas en una jornada. Tenía ingenieros, técnicos y fábricas a su disposición.
Pero no sabía coser el brazo de una muñeca.
Elora le dejó una aguja y un poco de hilo.
Sus dedos, acostumbrados a firmar contratos y manejar pantallas, resultaron torpes. Se pinchó dos veces. El hilo se le enredó.
Noah comenzó a reír.
Luego Oliver también.
Finalmente, hasta Lily soltó una carcajada.
Por un instante, los tres niños