mi vida había terminado.
Tomé el documento y lo guardé en una carpeta.
No necesitaba romperlo.
Tampoco quemarlo.
Ya no tenía poder sobre mí.
Entonces escuché unos pasos pequeños en el pasillo.
Leo apareció abrazando a su oso de peluche.
—Mamá, no puedo dormir.
Me agaché y abrí los brazos.
Corrió hacia mí.
—¿Me cuentas otra vez la historia del astronauta?
—Claro, cariño.
Lo llevé a su habitación.
Antes de acostarse, señaló un nuevo dibujo que había pegado en la pared.
En él aparecíamos Leo, yo, Elena y Nube.
En