habría imaginado el día de mi divorcio.
Durante tres años había creído que amar significaba conseguir que alguien me eligiera.
Ahora sabía que el amor también consistía en tener la libertad de elegir.
Elegir qué permitir.
Qué dejar atrás.
A quién abrirle la puerta.
Y, sobre todo, no abandonarse nunca a uno mismo.
Adrián había sentido que recuperaba su libertad el día que firmé el divorcio.
Yo descubrí la mía el día que dejé de esperar que regresara.
Y cuando mi hijo se quedó dormido abrazado a su oso, comprendí