ya habían aceptado ese traslado.
Robert palideció.
—Eso es mentira.
—Por eso debemos comprobarlo —respondió Helen—. También necesitamos verificar la autenticidad de las firmas.
Yo miré el nombre escrito al pie de la autorización.
Mi nombre.
La firma se parecía mucho a la mía. Incluso imitaba la pequeña curva que siempre hacía al terminar la letra G.
Pero había un detalle.
Desde hacía más de diez años, firmaba los documentos importantes añadiendo mi segundo nombre, Anne.
Aquella firma no lo tenía.
—No he firmado esto —declaré—. Y me opongo a