la mañana siguiente llegamos temprano al hospital.
Habíamos revisado la cobertura, los gastos previstos y nuestras reservas económicas. Esta vez no dependíamos de Ethan.
Eso no eliminaba el miedo.
Cuando los enfermeros se llevaron a Robert hacia el quirófano, sentí que las piernas me fallaban.
Él levantó la mano.
—Grace, no te olvides de regar los rosales.
Intenté sonreír.
—Tú preocúpate de volver para podarlos.
Las puertas se cerraron.
Me quedé sola en el pasillo.
Aquel olor a desinfectante.
Aquellas luces blancas.
Los pasos apresurados del personal.
Todo me recordó