aquella semana…
—No puedes.
—Lo sé.
—Entonces no vivas allí.
Se quedó quieto.
—Eso me dijiste a mí una vez.
—¿Cuándo?
—Nunca con palabras.
Sonrió.
—Pero desaparecer fue bastante claro.
Salí del hospital.
Elias esperaba en el estacionamiento.
No preguntó qué habíamos hablado.
Me tendió un café.
—Leche. Sin azúcar.
Lo tomé.
—Gracias.
—¿Todo bien?
Miré el edificio.
Después a él.
—Sí.
Y esta vez era verdad.
Con los años, mi identidad civil original dejó de ser un agujero doloroso.
Mara Bennett seguía protegida.
Mara Foster ya no existía.
Mara