mi padre. Que si hubiera renunciado a la empresa, ella seguiría viva.
Miró las mantas.
—Ahora estoy a punto de ser padre y entiendo lo que debieron de sentir.
Le tomé la mano.
—No podemos cambiar lo que ocurrió.
—Lo sé.
Su voz se quebró.
—Pero me asusta no poder protegerlos.
Aquel hombre había pasado su vida intentando no mostrar debilidad.
Era capaz de enfrentarse a cualquier rival empresarial sin pestañear.
Sin embargo, ante dos mantas diminutas, parecía un niño perdido.
Me arrodillé frente a él.
—Adrian, protegerlos no significa