A su lado estaba Alexander.
No sostenía un teléfono ni hablaba de negocios.
Simplemente me miraba y sonreía.
Me senté frente al piano.
Respiré profundamente.
Y comencé a tocar.
Había elegido una composición de mi madre, una pieza que ella nunca llegó a publicar.
Empezaba con una melodía suave, casi como una canción de cuna.
Después crecía, se oscurecía y atravesaba una serie de acordes difíciles.
Durante mucho tiempo había pensado que era una obra triste.
Aquella noche entendí que hablaba de resistencia.
De aprender a vivir después de una