años sentí que alguien dentro de aquella familia realmente me había visto.
Pero había un problema.
En el testamento presentado después de su muerte, esa cláusula había desaparecido.
Y nadie me había dicho jamás que había existido.
Parte 2: Llevé los documentos a un abogado especializado en sucesiones llamado Samuel Ortega.
Los revisó durante casi una hora.
“Esto no significa automáticamente que la propiedad sea tuya”, me advirtió. “Pero tampoco es un simple borrador.”
Había una fecha.
Una firma.
Anotaciones.
Y una frase escrita al margen:
“Cabaña para Mateo. Cecilia