que ni siquiera vale tanto.”
Lo miré durante varios segundos.
De repente entendí que llevábamos toda la vida hablando de cosas distintas.
Para él, el valor siempre había sido dinero, utilidad, negocios.
Para mí eran horas.
Recuerdos.
Manos.
“¿Quieres saber por qué desaparecí?”
Frunció el ceño.
“¿Qué tiene que ver eso?”
“Todo.”
Me levanté, fui al taller y regresé con la caja de ajedrez.
La puse sobre la mesa.
Papá la miró.
“Trabajé 3 meses en esto.”
No dijo nada.
“¿Recuerdas tu cumpleaños?”
“Claro.”
“¿Recuerdas qué hiciste con mi regalo?”