observó trabajar durante casi una hora.
Yo estaba tallando un rey.
Cuando terminé, papá se acercó.
Puso una mano sobre mi hombro.
No pidió perdón.
No hizo un discurso.
Solamente apretó mi hombro y se fue.
Durante 32 años creí que necesitaba que aquel hombre me mirara para saber cuánto valía.
Ahora sé que estaba equivocado.
Mi abuelo ya me había enseñado la lección mucho antes.
Cuando yo tenía 12 años, ponía un bloque de madera frente a mí y decía:
“Antes de cortar, mira bien. Dentro ya existe algo.