de sesenta y nueve años regresaba de pescar y vivía solo en una pequeña comunidad de la sierra. No hizo preguntas innecesarias. La cubrió con su chamarra, la llevó a su casa y le dio ropa que había pertenecido a su esposa.
Ese gesto sencillo fue lo que permitió que Mariana tuviera tiempo para pensar.
Mientras tomaba café y recuperaba fuerzas, comenzó a ordenar señales que durante meses había intentado ignorar.
Cuatro meses antes había encontrado una póliza de seguro de vida por ocho millones de pesos. El beneficiario era