la mano.
Arturo reconoció a su hijo.
Daniel se detuvo.
No hubo abrazo.
No hubo lágrimas.
Solo miedo.
— ¿Quién dejó entrar a este viejo?
Dos guardias se acercaron.
Arturo sostuvo la mirada de su hijo.
—Verano en Veracruz. Tenías doce años. Te cortaste el hombro con una lámina oxidada después de caerte de una lancha. Catorce puntos. Te los puse yo mientras llorabas y me insultabas. Después dijiste que la cicatriz parecía una luna.
Daniel palideció.
Su mano fue instintivamente hacia el hombro derecho.
Durante un segundo, Arturo pensó que