Una tarde Arturo llegó con el café y se encontró mirando por la ventana.
—Te tardaste.
—Había tráfico.
—Siempre tienes una excusa.
Él dejó las bolsas sobre la mesa.
—¿Qué querías?
Elena frunció el fruncido.
-Nariz.
Arturo sacó una roja llena de mandarinas.
La mujer se quedó inmóvil.
Una lágrima descendió por su mejilla.
—Las mandarinas.
Arturo se sentó a su lado.
—Esta vez no las olvidé.
Elena tomó una.
—Prometiste comprarlas aquella mañana.
-Perder.
—Te fuiste diez años.
Arturo cerró los ojos.
Durante semanas ella había mezclado recuerdos. Aquella