despacio.
Arturo sintió una furia que ya no era caliente.
Era fría.
Controlada.
Horas después, cuando Elena cayó en las escaleras, Arturo se arrodilló para revisarla.
Sus pupilas reaccionaban demasiado lento.
Y en su aliento percibió un olor químico que conocía demasiado bien.
Aquello no era sólo maltrato.
Alguien estaba drogando a Elena.
Y Arturo todavía no podía imaginar para qué.
Lo que descubriría durante las siguientes cuarenta y ocho horas convertiría la traición de su propio hijo en algo mucho peor.
PARTE 2
A la mañana siguiente, Daniel encontró