cuenta.
Correos.
Contratos.
Todo empezó a encajar.
Cuando murió Ernesto, el padre de Mariana, dejó una herencia protegida para su hija y su nieto.
El dinero no podía ser utilizado por terceros sin autorización directa de Mariana.
Pero Héctor había encontrado una forma.
Primero consiguió pequeñas firmas.
Documentos disfrazados como trámites bancarios.
Autorizaciones “temporales”.
Papeles que Mariana firmaba porque confiaba en su esposo.
Después involucró a Victoria.
La misma mujer que durante años había repetido:
“Una esposa debe confiar en su marido.”
Ahora esa confianza era el arma que usaban