El día que mi suegra me dejó sin dinero para el inhalador de mi hijo, mi marido me dijo: “Firma lo que te piden y no habrá problemas”. Fingí creerle y llamé a mi hermana. Dos días después, en plena fiesta familiar, llevaba un collar de esmeraldas carísimo mientras esperaba que alguien descubriera lo que mi suegra escondía detrás de una pared.

Mientras yo tomaba un café, construía un castillo de arena junto a unos árboles.

—¡Mamá, ven! —gritó—. ¡Mira lo que he hecho!

Me acerqué y me arrodillé a su lado.

Había levantado cuatro torres desiguales. Una empezaba a inclinarse peligrosamente.

—Está precioso —le dije—. Pero creo que debemos reforzar la base.

Leo me observó muy serio.

—¿Como haces tú con las casas?

—Exactamente.

Empezamos a recoger arena húmeda para sostener las torres.

De pronto me preguntó:

—Mamá, ¿ahora vamos a quedarnos aquí para siempre?

Lo abracé.

—No sé dónde viviremos