Mientras yo tomaba un café, construía un castillo de arena junto a unos árboles.
—¡Mamá, ven! —gritó—. ¡Mira lo que he hecho!
Me acerqué y me arrodillé a su lado.
Había levantado cuatro torres desiguales. Una empezaba a inclinarse peligrosamente.
—Está precioso —le dije—. Pero creo que debemos reforzar la base.
Leo me observó muy serio.
—¿Como haces tú con las casas?
—Exactamente.
Empezamos a recoger arena húmeda para sostener las torres.
De pronto me preguntó:
—Mamá, ¿ahora vamos a quedarnos aquí para siempre?
Lo abracé.
—No sé dónde viviremos