a sí mismos, que ella no se resistía realmente, que incluso parecía aceptarlo con resignación, que su silencio era consentimiento.
Nunca se permitió pensar, ni por un momento, en lo que realmente significaba ese silencio. No era consentimiento, nunca lo fue. Era la rendición absoluta de alguien que no tenía voz para negarse, que no tenía derechos para defenderse, que entendía con claridad cristalina que resistirse solo traería más dolor y posiblemente la muerte.
El primer hijo nació exactamente 9 meses después de esa primera violación, una niña de piel