la miró durante un largo minuto que pareció extenderse hasta la eternidad.
Estudió cada detalle, las marcas oscuras bajo los ojos de Itzel, que hablaban de años de sueño insuficiente, las cicatrices apenas visibles en sus brazos, que podrían ser de golpes o de trabajo duro o de ambos, la forma en que sus manos temblaban ligeramente mientras sostenía al bebé. Y entonces, con una claridad que era casi dolorosa en su simplicidad, [carraspeo] Beatriz entendió.
No sintió odio hacia esa mujer rota y silenciosa. ¿Cómo podría? Itzel era una