las palabras murieron en su garganta cuando Beatriz levantó una mano con autoridad absoluta.
“No me insultes con mentiras”, dijo fríamente. “He visto a los niños. Son idénticos a ti. Son tus herederos legítimos por sangre, aunque la ley nunca los reconocerá como tales porque nacieron de una mujer que no puede defenderse, que no puede siquiera hablar para contar su historia.” El teniente se sentó en la cama. El miedo comenzando a filtrarse a través de su arrogancia habitual como agua a través de una presa agrietada.
Beatriz era