el umbral de la puerta, aferrada a su osito de peluche.
“Mamá, ¿se está muriendo la abuela?”
Esa pregunta me destrozó el corazón.
“No lo sé, cariño… No lo sé…”
Mi madre, Margaret, tenía 79 años.
Tres años antes, los médicos le habían diagnosticado la enfermedad de Parkinson.
Al principio, solo le temblaba la mano derecha. Luego, caminar se le hizo difícil. A veces, no podía abrocharse la blusa ni llevarse un vaso de agua a los labios.
En otro tiempo, ella había sido la mujer más fuerte que yo