Dante solía retirarse a la biblioteca entre las tres y las cinco.
Durante esas horas, los empleados tenían órdenes de no entrar salvo que fueran llamados.
Los guardias debían mantener despejado el pasillo.
El objetivo era evitar interrupciones.
A nadie le parecía extraño.
La biblioteca se había convertido en el lugar donde Dante podía apartarse del movimiento de la mansión cuando su cabeza comenzaba a dolerle.
Allí estaba silencio.
Un sofá cómodo.
Sus libros.
Y cierta distancia de las personas que continuamente necesitaban hablar con él.
Pero aquella tarde hubo