interior se resquebrajó.
«Papá —susurré—. Me equivoqué».
Hubo un largo silencio.
Nada de sermones.
Nada de enfado.
Nada de esa satisfacción mordaz.
Solo mi padre respirando al otro lado de la línea, como si hubiera estado esperando años esas palabras y no quisiera ahuyentarlas.
«Sé que hoy era la audiencia —dijo con suavidad—. ¿Estás sola?»
«Sí».
«Bien. Entonces llora si lo necesitas. Tu hogar sigue siendo tu hogar».
Fue entonces cuando llegaron las lágrimas.
No fueron lágrimas bonitas. Ni silenciosas. Fueron de esas que me encorvaron los hombros hasta que