él.
No porque lo echara de menos.
No porque necesitara cerrar ese capítulo.
Sino porque, a veces, las personas que han mentido durante años necesitan mirar directamente a los ojos a quien, por fin, ha dejado de creerles.
Nos citamos en una pequeña cafetería del West Village, encajada entre una librería y un estrecho edificio de apartamentos de ladrillo, con escaleras de incendios recorriendo su fachada. La lluvia resbalaba por los cristales trazando líneas plateadas. Dentro, el ambiente olía a café expreso, a abrigos mojados y a canela.
Anthony llegó