mañana cuando la plaza frente a Prescott Holdings se llenó de ruido.
El sol brillaba con fuerza. Los empleados cruzaban los torniquetes del vestíbulo —con tazas de café, bolsas y tarjetas de identificación— cuando empezaron los gritos en el exterior.
Desde mi despacho, en la última planta, observaba las imágenes de las cámaras de seguridad.
Catherine estaba al frente de un grupo de familiares de los Miller; en una mano sostenía un megáfono barato y, en la otra, una pancarta. Llevaba el pelo más revuelto de lo habitual. Ya no