sobre el pavimento y se cubrió el rostro.
Nadie corrió a consolarla.
Ni siquiera su propia familia.
Al atardecer, el resto de los parientes de los Miller llegó en una furgoneta.
Nicholas, el tío de Anthony, fue el primero en bajar. Tenía el rostro enrojecido por la ira. Detrás de él venían primos, tías, sobrinos y antiguos empleados que habían perdido sus puestos esa misma mañana.
Ya no miraban a Catherine con lealtad.
La miraban como acreedores.
«¿Qué has hecho?», gritó Nicholas. «Nos dijiste que estos empleos estaban seguros. Nos