—¿Por qué no me dijiste?
—Porque pensé que podía terminarlo.
—¿Y terminaste?
—Intenté.
—Eso tampoco responde.
—No.
Bien.
—¿La amabas?
Adrian lloró.
—No sé.
—¿La amabas más que a mí?
—No.
—Entonces ¿por qué siempre le creías?
Se quedó.
—Porque con ella siempre sentía que tenía que rescatarla.
Ahí estaba.
—¿Y conmigo?
—Tú nunca necesitabas que te rescatara.
Eso dolió de una forma inesperada.
—Entonces mi competencia te hacía sentir menos importante.
Adrian cerró ojos.
—Sí.
—¿Por eso cuando lloraba corrías?
—En parte.
—¿Y cuando yo decía “escúchame”, me tratabas