no digo.
Perfecto.
Después:
—¿Te da miedo cuando me enfado?
Pensé.
—A veces.
—¿Qué hago?
—No acercarte demasiado.
—No bloquear puertas.
—No tocarme sin preguntar si estoy activada.
—Bien.
Y lo hizo.
No era perfecto.
Tenía mal carácter cuando estaba cansado.
Una vez golpeó una mesa con la mano durante discusión.
Yo me congelé.
Él lo vio.
Se apartó inmediatamente.
—Lo siento.
—No vuelvo a hacer eso.
Y no lo hizo.
No dijo:
no soy Adrian.
No necesitaba.
Demostró.
Nos casamos cuando yo tenía treinta y ocho.
Sin presión por