padres era una obligación que tú debías aceptar.
Hizo una pausa.
—Ahora entiendo que te estaba pidiendo que desaparecieras cada vez que tus necesidades me resultaban incómodas.
No dije nada.
—Y no fue solo aquel día. Lo hice durante años.
Sus ojos estaban enrojecidos.
—Lo siento.
Por primera vez, su disculpa no incluía una excusa.
Ni a su madre.
Ni el trabajo.
Ni mi supuesto mal carácter.
Solo sus decisiones.
—Gracias por reconocerlo, Hao.
Pareció esperar algo más.
Pero yo no tenía nada que añadir.
No todas las disculpas abren